Ana Ajmátova. La flor que jamás se marchitó
Es sabido
que los libros
y la vida de los otros
nos hacen ser
millones de kilómetros
millones de otros tiempos.
Vivir la vida
de otros
increíble maravillosa
pesadilla.
Esta era una poeta rusa
a la que le arrebataron todo.
Al igual que los torturados
que sienten la bota
sobre el cuello.
Ana logró
sacarse el barro seco
de los pulmones.
Respiro
en el silencio de un poema.
Se convirtió en poema.
Fue el poema.
Vomito hojitas y ramas
floreció el cuerpo.
Unos versos árbol
verdes
resplandecientes
de anhelo rutilante.
Cunado no te queda nada
te aferras
a una ventana
una letra
un árbol.
La desobediencia
tiene un siempre un costo
la venganza
arrebatos de aire
talar el árbol
tapiar tu ventana
prohibir la tinta y el papel.
El niño demoniaco
que tortura criaturas vivas
hizo saber
que en la desesperanza
es posible perder.
Un acto más perverso
que cruel.
El armatoste
gigante de acero
con su maldita forma
te vigila
desde tu ventana
te acosa
te observa
te reclama.
Y entonces Ana
no se dio por muerta
no se dio por acabada.
Es tonto llorar por la vida de otros
hace tantos años
hace tantos kilómetros
Siempre fue árbol
solo fue poema
Las palabras mudas
sobrevivieron en los labios
de los amigos
que memorizaban
a piel y cnato
sus palabrs
sus arboles
sus poemas.
Su ultimo fuego
en el campo de concentración
Kolyma
arranco la corteza
de mil y un abedules
y escribió
sobrevivo
un poco mas
hay vidas que no son vida
son solo resistencia
y supervivencia
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