No hay dónde correr a dónde ir o guarecerse. Un domingo nos robaron el sueño. La seguridad la han tenido secuestrada. El norte siempre sonaba como un cuento amarillo, peligroso y lejano. Ahora el norte el sur y el aquí son la misma maldita nota roja. No es que nos de miedo la muerte porque somos el pueblo que celebra la muerte. Nos causa una suerte de precaución casi escozor explicarle a los niños que mañana la escuela estará cerrada: el narco está debajo de nuestra cama. Son tiempos para cuidarse del mal tiempo el diablo y sobre todo un fuego cruzado. Se incendia el árido paso de las carreteras y cualquier camino. Y solo nos queda este maldito sentir entre el centro del corazón y la planta de los pies en dónde no hay a dónde correr o ir o guarecerse
Los suicidas no me causan envidia en absoluto Cualquier instrumento es adecuado a sus ojos para el fin adecuado y correcto desde una galleta hasta un corte con una hoja de papel ahogamiento por rayo de sol. Los suicidas me causan un hondo sentido de culpa por no compartir la irrevocable manera de vida. Insuflar en un beso relente una flor que amanece un color que mira una melodía que tiembla y suda. No sé cómo insuflar el esponjoso salto de un gato la lluvia tibia del café por mi garganta la mordida crujiente de una manzana. Esos placeres nimios y estúpidos que no se cómo compartir. El dolor de una herida que existe y veo pero que nunca cicatriza. Los suicidas no me causan un apice de envidia. Me causan está estúpida culpa liquida que se derrama en un cuarto vacío y luminosos que jamás he palpado. La culpa de no saber que mientras te estabas desangrando esa misma madrugada tenía aferra...
Me he acostumbrado. Porque a través de estos ojos he visto cómo las rutinas llegan silenciosas y pernoctan en el ovillo del sueño. Las rutinas son la simpleza del tiempo midiendo la partida y la llegada. La llegada ese dato más allá del encuentro o la elección y la suerte. Yo me pregunto: ¿Nos escogimos acaso? Y yo, no lo sé. Al contacto de las miradas no encuentro razones. Pero si me atrevo a describirlo, fue un simple temblor de azúcar, un suelo helado y sus manos sobre mí. Al crecer de mis bigotes y con el cambio de los climas, ambos nos acostumbramos a la presencia del otro, en un mismo lugar. Tenía lo que un majestuoso animal como yo y los de mi raza merecemos. Sin embargo nunca me cuestione ¿Él lo tenía todo? Nunca lo culpe, ni lo cuestione. Como él era humano (mi humano) se reducía a ser su propia complicación y angustia. Mi vida, en cambio, se precipitaba sobre las ventanas, las aves con su sol, lugares mullidos, algo de brincos con garras y la suficiencia del sueño. Su vida co...
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